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Lições da chiquilleria do paraíso

Recordando mis peregrinaciones, encuentro momentos que albergaron a

todos los sentimientos que caben dentro de un corazón, y de entre todas

me quedo con la lección de alegría y pureza que nos dieron unos chiquillos

en la africana Praia Capilongo.

En un paraíso en el que todavía no se posa la mirada del viajero,

nos sorprendió el jolgorio y el clamor alegre de unos corazones tan

vírgenes como el suelo que pisaban con sus pies descalzos;

el mayor debía de tener seis años, y juntos, niños y niñas sin distinción

corrían luchando por el control de un coco maduro en funciones de balón

 reglamentario, sin destino ni portería. Júbilo; regocijo; pureza en su mirada;

ternura en su sonrisa. Nuestra perturbadora llegada detuvo la diversión

para curiosear a tan extraños visitantes.

Sé que todos los niños del mundo conservan el corazón pulcro cuando

el diablo aún no ha hurgado en sus mentes, pero cuando uno de aquellos

mocosos que mordía un pedacito de pan extendió su mano para ofrecerme

un bocado, aprendí una lección que me llegó hasta el alma, quería

compartir conmigo lo poco que tenía.

Cabalgando en la vorágine enemiga del pensamiento de la pretendida

civilización, aquel episodio fue diluyéndose bajo las capas del tiempo;

hasta hoy. Con el reloj parado en tiempos convulsos sé que todos tenemos

tiempo para pensar y recordar algunas lecciones aprendidas.

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